CÓMIC PARA TODOS

Cine – ‘Conan el destructor’, de Richard Fleischer

Título original: Conan The Destroyer.

Director: Richard Fleischer.

Reparto: Arnold Schwarzenegger, Grace Jones, Wilt Chamberlain, Mako, Tracey Walter, Sarah Douglas, Olivia d’Abo, Pat Roach, Jeff Corey, Sven-Ole Thorsen, André el Gigante, Ferdy Mayne.

Guión: Stanley Mann.

Música: Basil Poledouris.

Duración: 101 minutos.

Estreno: 29 de junio de 1984 (Estados Unidos), 24 de octubre de 1984 (España).

Si vemos cómo avanzaba el Conan de los cómics de Marvel, no es nada descabellado decir que Conan el bárbaro (aquí, su crítica), la película de John Milius escrita por Oliver Stone, no fue una adaptación excesivamente literal. Es una espléndida cinta, eso sí, que ayudó a que la espada y brujería copara un segmento del cine de los años 80 que no ha vuelto a conquistar, y que contribuyó a consolidar a Arnold Schwarzenegger como una de las estrellas de acción de aquella década. El éxito de Conan el bárbaro allanó el camino para una secuela, Conan el destructor, y esta continuación sobre el papel sí pretendía explorar con mucha más eficacia los caminos que habían hecho del cómic del bárbaro cimmerio una referencia ineludible y una suerte de versión definitiva del personaje creado por Robert W. Howard. Se recurrió, de hecho, a Roy Thomas y Gerry Conway, dos autores, sobre todo el primero, que ya habían dejado su impronta en el personaje, y se optó por un tono más ligero y aventurero, más propio de las viñetas que la crudeza que había mostrado el primer filme. Y con todo a favor, la película se hundió sola. Quizá por la falta de medios de la época, quizá porque no se terminó de tomar todo lo en serio que requería, pero el experimento resultó bastante fallido y muy lejos de lo que se podría haber esperado.

Thomas y Conway lamentaron que el guion se alejara de su premisa. Es difícil decir si hay es donde está el verdadero problema, aunque sabiendo lo que estos habían hecho con Conan resulta una explicación creíble. En todo caso, lo que se puede juzgar es lo que llegó a la pantalla, y eso es, en todos los aspectos, una revisión descafeinada de Conan. Nada parece funcionar tan bien como en la primera entrega. Da igual que se dé una cantidad muy superior de diálogo a un Schwarzenegger mucho más suelto con el inglés que cuando rodó la primera película, que se multiplique y diversifique el grupo de aventureros que acompaña al bárbaro para dar notas de color o de humor, o que se apueste por una serie de escenarios exóticos muy bien escogidos que sí enganchan bien con el mundo que nos habían presentado. Casi nada parece estar al mismo nivel. Quizá la mejor manera de entender qué es Conan el destructor con respecto a Conan el bárbaro sea escuchar la música de Basil Poledouris. La primera partitura fue una genialidad sublime. La segunda, un refrito en muchas ocasiones, un reciclaje continuo de temas, como incluso se reciclan las frases con las que se inició el primer filme o el plano de un Conan maduro y como rey que cerraba Conan el bárbaro, colocado aquí de una manera abrupta y que demuestra que no sabían muy bien cómo acabar la historia.

No hay que olvidar que el objetivo básico era rebajar la violencia y la calificación R que el filme original se ganó en Estados Unidos, y eso explica muchas cosas de las que vemos en la pantalla. Sobre todo el excesivo humor que aportan Mako repitiendo el papel de la primera entrega y Tracey Walter, o que la violencia sea mucho más comedida, a veces incluso con la pose algo caricaturesca de la fibrosa Grace Jones o incluso con la agresividad casi forzada del ex baloncestista Wilt Chamberlain haciendo de forzudo guerrero, o incluso que el cartón piedra o la escasez de medios (a pesar de que, por sorprendente que parezca, costó un poco más que la primera) sea imposible de esconder. Una secuencia tan hermosa y mágica como la de los espejos, que encierra una violencia animal y una magia oscura tan poderosa, acaba arruinada por las limitaciones técnicas. Decorados que sobre el papel son fastuosos tiene un efecto limitado por su aspecto irreal y blandito. Solo el vestuario se sostiene por sí solo, el de Conan, por supuesto, pero también el de las mujeres deslumbrantes que aparecen en la historia, la reina Taramis que interpreta con brillantez Sarah Douglas, por corto que parezca su papel, y la belleza juvenil de Olivia d’Abo dando vida a la princesa Jehnna con una ingenuidad en la que hay tanto de personaje como de inexperiencia interpretativa.

Lo que sí queda claro al final es que la historia era mucho más ambiciosa que la película. Lástima que Toth-Amon quedara relegado a un pequeño papel secundario y no fuera el villano que durante tanto tiempo acompañó a Conan en el cómic, y sobre todo que la película se contentara con ser un divertimento juvenil cuando, sin necesidad de sucumbir a una violencia que modificara su calificación americana, tenía elementos de sobra para haber sido una película mucho más completa y compleja. A poco que se hubiera puesto en la producción algo del talento de la primera, por ejemplo en las coreografías de combate, que aquí parecen supeditarse a los movimientos que Schwarzenegger recordara de la primera película y a golpes sin demasiado estilo, Conan el destructor podría haber sido un filme mucho mejor. Richard Fleischer, todo un artesano que destacó años antes por películas tan notables como Cuando el destino nos alcance, Tora! Tora! Tora! o 20.000 leguas de viaje submarino, hizo lo que pudo pero probablemente no había mucho que hacer. La idea era prolongar la vida cinematográfica de Conan, demostrar que Schwarzenegger podía hacer carrera como héroe de acción a pesar de su indisimulable acento y ganar algunos dólares a costa de una franquicia que, por desgracia y si no contamos El guerrero rojo (aquí, su crítica), finalizó aquí.

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Esta entrada fue publicada en 1 septiembre, 2017 por en Cine, Conan, Universal y etiquetada con , , , .

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