Título original: Yami no teiô kyuketsuki dorakyura.
Director: Akinori Nagaoka y Minoru Okazaki.
Reparto: Kenji Utsumi, Hiroko Suzuki, Kazuyuki Sogabe, Yasuo Hisamatsu, Mami Koyama, Keiichi Noda, Hidekatsu Shibata, Reiko Katsura.
Guión: Tadaaki Yamazaki.
Música: Seiji Yokoyama.
Duración: 94 minutos.
Estreno: 19 de agosto de 1980 (Japón, televisión).
La locura económica que vivió Marvel en los años 70 y 80, la que por ejemplo todavía hoy hace que sus franquicias estén repartidas entre diferentes estudios cinematográficos, provocó que la industria japonesa tuviera un papel que jugar en las primeras versiones audiovisuales de los personajes de la Casa de las Ideas. Una de las muestras del acuerdo entre Marvel y Toei fue La tumba de Drácula, una película de animación basada en el cómic que la editorial publicó en los años 70 con el vampiro por excelencia de la literatura, el creado por Bram Stoker. En concreto, para el salto a la pequeña pantalla, porque este fue un filme pensado para la televisión por cable norteamericana aunque tuvo poco éxito en ese medio, se apostó por adaptar el tramo final de la serie. Pero se hizo una adaptación tremendamente forzada, acumulando tramas que se resuelven en minutos y con una ambición narrativa que ni los medios técnicos ni el mismo guion de la cinta pueden asumir. La tumba de Drácula es, de esta manera, una película muy, muy vieja, claramente de su época y que roza lo delirante por momentos, aunque visualmente sí se pueda entender como una adaptación bastante fiel de lo que Gene Colan llevó a las viñetas y sea en ese terreno, mezclando el dibujo Marvel con el manga japonés, donde deja las mejores sensaciones.
El principal problema de La tumba de Drácula no estriba en su origen de cómic, a su vez modernización de un personaje que ya ha visto incontables revisiones en todos los medios posibles, sino en que nadie pareció darse cuenta de que queriendo introducir tantos elementos en una película que no llega a la hora y media no se consigue más que un caos narrativo bastante importante. Drácula pasa de ser el emisario de Satanás perseguido por hombres obsesionados que han sufrido el terror de su poder, a convertirse en un hombre enamorado y padre de familia, después vive la imposibilidad de redimirse porque el lado teóricamente bondadoso de la mitología de la que surge no se lo permite, se convierte en un pobre desgraciado sin poderes y acaba luchando por su posición como rey de los vampiros. Cada uno de esos estadios habría dado para una película, pero Akinori Nagaoka Minoru Okazaki, siguiendo un guion de Tadaaki Yamazaki los incluyen todos. Los atropellan, en realidad, no dejan espacio para que cada uno de ellos repose, para que haya una carga dramática necesaria para entender el viaje que nos quieren plantear. No da tiempo a saber si esto es un filme de terror, si es uno que bebe del género de los superhéroes o siquiera si es un manga para Estados Unidos o un personaje americano adaptado al estilo japonés.
Cuando la película se detiene, es cuando mejor funciona. En el flashback en el que Drácula recuerda su origen, en el arranque de la película, con ese culto adorador de Satán que cambia la vida del vampiro para siempre con la ofrenda femenina que le propone. Cuando abraza el terror, La tumba de Drácula promete. Pero todo lo demás hace que la película se caiga por su propio peso. Todo lo que se explica con calma es tremendamente arquetípico. Lo que sorprende es por delirante, como ese enfrentamiento con su hijo o incluso el doble clímax final, en el que Drácula se enfrenta primero a las fuerzas del mal y después a las del bien. Lo malo es que el terror no casa con el estilo manga que tiene la película, con una música deliberadamente setentera, con unos efectos de sonido psicodélicos que hemos escuchado en innumerables producciones procedentes del país nipón. Es verdad que la película se permite algunas licencias en torno a la violencia, también con insinuaciones sexuales por mucho que no haya nada verdaderamente explícito, que el cómic no podía permitirse, incluso aunque el mismo género de terror que exploraba estuviera proscrito para las grandes editoriales no mucho tiempo atrás. Pero eso no basta para rescatar la película de todos los problemas que va acumulando.
En realidad, la película sufre de lo mismo que afectó al cómic en su inicio, de no saber exactamente hacia dónde va. Pasan tantas cosas y el ritmo es tan frenético que por momentos se pueden disculpar sus carencias, sobre todo si la película se mira con ojos nostálgicos y si se recuerda su emisión original en España, cuando lógicamente no se había visto nada parecido a esto, pero analizar su guion obliga a admitir que es una historia imposible, que pocas cosas de las que pasan tienen un verdadero sentido y que, en cambio, muchas son delirantes e inexplicables. No es un problema del personaje o de su modernización, eso funciona cuando arranca la película, pero sí de no saber en realidad qué está contando La tumba de Drácula. La película se limita a sumar pasos sin explicarlos, de encadenar peleas en las que en el fondo da igual quién gane y de no lograr la más mínima empatía con quien tendría que generarla a raudales. No olvidemos que estamos viendo a un monstruo que busca dejar de serlo, a un vampiro que renuncia por amor a todo el poder que Satán le ha dado. Y todo eso nunca llega a sentirse como algo real, solo como la excusa para la siguiente escena. Drácula, como protagonista, todavía consigue sostener algo la película, pero todo lo que le rodea se va cayendo con el paso de los minutos. Sobrevive como rareza pero poco más.
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