Editorial: Diábolo.
Guión: Thilde Barboni.
Dibujo: Guillem March.
Páginas: 60.
Precio: 15,95 euros.
Presentación: Rústica.
Publicación: Septiembre 2015.
No es ningún secreto que la baza esencial con la que Monika quería conquistar al lector es la sensualidad. Quedó meridianamente claro en su primer álbum, Baile de máscaras (aquí, su reseña), y sucede lo mismo con este segundo, Vanilla Dolls. Thilde Barboni ha escrito la historia para ahondar en ese mundo lleno de sexo y morbo, el mismo que ya despierta la portada de este segundo libro, en la que Guillem March da un paso más y coloca a la protagonista, vestida con unas indudables connotaciones eróticas, abrazada al androide que aparece en la historia con fuerza en esta segunda mitad del relato. Y es que Barboni le da un pequeño giro a su propuesta para intentar abrazar cuestiones que buscan un escenario más propio de la ciencia ficción que del thriller que parecía proponer en las primeras páginas. Intentando abarcar tanto, lo cierto es que la propuesta queda algo difusa en lo narrativo, pero la salvaje efectividad del dibujo de March sigue siendo una razón más que suficiente para sumergirse en las viñetas y en las sensaciones que quiere provocar la historia. Y es que en ese terreno, el ilustrador español se mueve como pez en el agua e incluso deja la impresión de que retuerce el guión a su antojo simplemente para encontrar la mejor manera de despertar sensaciones en el lector, algo que hace con contundencia.
Es verdad que estaba anunciado en Baile de máscaras, pero sorprende el giro fantástico que adopta Vanilla Dolls, que hace de la inteligencia artificial el centro de su historia, muy por encima del misterio de las dos hermanas que tiene que ser, y de hecho acaba siendo, el eje del clímax. Barboni pone tantos elementos visuales en su guión que su mismo trabajo pierde algo de fuerza. En realidad, pierde el foco, algo que no termina de encontrar en todo el relato. ¿De qué va exactamente Monika? ¿Cómo podría resumirse en unas pocas líneas su argumento? No es una labor fácil, precisamente porque Barboni no concreta demasiado, va picoteando temas y emociones, y la historia se sostiene porque cada aspecto al que se acerca la historia tiene interés por sí solo, al hablar de sexo, de poder, de traición, de envidia, del alma y de la tecnología, pero sobre todo de la belleza. Hay escenas brillantes que se pueden leer casi como relatos cortos, sin necesidad de tener una conexión entre ellas, como sucede con el encuentro entre Monika y el androide o incluso el clímax con su hermana Erika, que se extiende casi durante la segunda mitad del álbum. Tensión y sensualidad (también sexualidad) se apoderan de Vanilla Dolls en cada momento y de esa manera es difícil escapar del relato, incluso aunque se pierda con frecuencia ese foco.
Da la impresión, como ya sucedía en el primer álbum, que Barboni se ha entregado por completo al trabajo de March, y lejos de firmar una historia brillante ha dejado que la atracción surja con fuerza del dibujo, a partir tan solo de unos bosquejos argumentales. March emplea una gama de colores tan atractiva que cada página es una pequeña obra de arte. Su dominio de la anatomía femenina (también de la masculina) hace que el deseo sexual sea irrefrenable, y que esa misma belleza que impregna Monika desde el principio vaya alcanzando diversas escalas de fascinación en función del tono que tenga cada escena. March saca sensaulidad, morbo y belleza de escenas amenazadoras, de las tranquilas, de las artísticas y de las futuristas. Monika es el eje de todas esas impresiones, pero no se puede dejar de lado la ambientación del escenario que crea o la belleza que desprende la pureza del androide que construye Theo. Vanilla Dolls confirma que Monika es, por encima de todo, una impagable experiencia sensorial. El brutal esfuerzo de March es con diferencia lo mejor de esta serie de dos álbumes, no sólo por el dibujo sino también por el monumental trabajo de color, que sobresale con una inmensa fuerza a la hora de emplear los tonos rojizos. Rojo pasión, como no podía ser de otra manera.
Dupuis publicó originalmente el segundo álbum de Monika, Vanilla Dolls, en septiembre de 2015. El contenido extra es un pequeño portafolio de bocetos, fotos e ilustraciones de Guillem March comentado por Thilde Barboni.