Guión: André Franquin.
Dibujo: André Franquin.
Páginas: 72.
Precio: 8,95 euros.
Presentación: Cartoné.
Publicación: Agosto 2015.
“Quien me quiera, que me siga”. Eso es lo último que dice un personaje en Ideas negras, justo antes de que sólo un buitre le siga. Tal era el estado depresivo de André Franquin cuando perpetró sus Ideas negras, que este ejemplo es perfecto para describir el alto grado de cinismo y pesimismo que impera en una obra que alcanza tal grado de genialidad que no sólo es perfecta para la época en la que se publicó, a finales de los 70 y comienzos de los 80, sino que alcanza una impresionante vigencia en nuestros días, en los que ese cinismo y amargura encajan francamente bien. Sobre todo lo que destaca en Ideas negras es que, sin seguir necesariamente la estructura de la tira, se vale de una narración muy directa, mordaz y valiente, con una descomunal carga crítica sobre aspectos muy diferentes de la sociedad. Y desde luego destaca por su estética, tinta negra casi siempre sobre fondo blanco (un modelo que rompe en contadas ocasiones), personajes silueteados más que dibujados y una sensación de que la negatividad se apodera de cada viñeta. Ideas negras marca un salto brutal en Franquin con respecto a sus obras más conocidas de años pretéritos pero, al mismo tiempo, encaja en una evolución depresiva del autor que revitalizó a Spirou y Fantasio como una obra reflexiva y contundente.
Lo verdaderamente asombroso de Ideas negras es lo profundamente que analiza la psicología humana desde puntos de partida tan aparentemente sencillos y diversos. Da igual que el protagonista de Franquin sea un cazador, un ciclista, un militar o la esposa de un trabajador de una central nuclear, cada tira sabe sacar punta a situaciones que van mucho más allá de la anécdota que le sirve de base. Y eso supone que estamos ante un autor que domina el género de una manera brutal, dominio también en cuanto a los enfoques, porque hay situaciones realistas y otras, la mayoría, del todo imposibles pero que resultan verosímiles gracias al mensaje que transmiten. Además, Franquin no se deja limitar por tabúes de ningún tipo, ni siquiera los religiosos, y aborda los temas más controvertidos y sociales, desde las condiciones laborales a la muerte pasando por el maltrato animal, con una honestidad brutal, la que necesita el humor negro que explora desde la primera hasta la última tira. Incluso hay momentos de una genialidad narrativa descomunal, como la tira en la que un preso intenta huir de una cárcel y entra en un memorable bucle temporal, lo que invita a reconocer que Ideas negras es una obra mucho más rompedora de lo que su género o su estilo visual denotan de inmediato.
El blanco y negro, y más cuando se busca un golpe visual inmediato, corre el riesgo de ser infravalorado. Con Ideas negras es casi imposible hacerlo. Desde la primera a la última página, el poderoso efecto de la tinta se apodera de la narración y sus elecciones gráficas colaboran en el humor negro y cínico por el que apuesta Franquin sin perder por ello la personalidad del autor. Sus figuras son reconocibles como parte de una trayectoria deslumbrante, su crítica es exclusiva de Ideas negras. Hay un dominio inmenso de los blancos y de los negros para que tengan significado incluso dentro de cada pequeño relato, e incluso una sencilla cuadrícula, casi siempre de cuatro tiras por página, le sirve para experimenta e innovar en la disposición de sus personajes y dotarles de un movimiento que casi parece imposible sin la precisión de la línea iluminada. Franquin es un maestro del dibujo y su vertiente más cínica no sólo no le resta un ápice de genialidad, sino que incluso parece sentarle francamente bien. De hecho, si hay algo que disgusta de Ideas negras es que dura tan poco, que no llegue siquiera al centenar de páginas, cuando cada tema que propone el autor da la sensación de que podría generar otra sucesión de tiras con las que Franquin desnudara todavía con más precisión a la sociedad que tanto parece haberle defraudado. Imposible no sacarle jugo.
Idées noires se publicó originalmente entre 1977 y 1983, primero en la revista Spirou y después en Fluide glacial. El volumen no tiene contenido extra.