Guión: Felipe Hernández Cava.
Dibujo: Federico del Barrio.
Páginas: 64.
Precio: 10,95 euros.
Presentación: Cartoné.
Publicación: Julio 2015.
El carácter minoritario del cómic, eso que tanto nos duele a los aficionados, a veces ofrece ventajas. El artefacto perverso es un ejemplo perfecto. Si la historia que acometen Felipe Hernández Cava y Federico del Barrio hubiera sido una película, la polémica habría devorado sus méritos (o deméritos artísticos). Se habla más de lo que es accesible que de lo que verdaderamente merece el debate, y eso hace que en las viñetas, por encima del cine o de la literatura, haya un cierto poso de libertad exento de trifulcas interesadas y demagógicas que abre el camino a que historias como esta se publiquen, no ya ahora, que aunque subsistan muchas de las heridas del franquismo que la Transición supo esconder parcialmente pero que jamás podrá borrar del todo, sino hace ya dos décadas, cuando este tebeo bien la luz por primera vez. La historia de Enrique Moreno, un hombre que combatió por la República en la Guerra Civil y que ahora, ya en plena dictadura, lucha por sobrevivir como dibujante de tebeos, no sólo es una historia apasionante en sí misma, sino también un sensacional experimento narrativo que se mueve en diferentes planos y que provoca una fascinación inmediata por el tono y por el aspecto. El artefacto perverso es una de esas historias que habría que releer de vez en cuando para entender muchas de las claves de la España en la que vivimos.
Lo extraordinario del guión de El artefacto perverso está en su construcción, no en su en todo caso apreciable fondo, que incluye un reconocimiento a los historietistas de la época. Porque su historia, en realidad, es sencilla. Pero la forma en que Hernández Cava le da forma, es casi magistral. Entre presente, pasado y ficción, hay hasta cuatro niveles narrativos que se van mezclado con una naturalidad pasmosa, que acaban siendo la misma historia pero contada desde puntos de vista que, en un primer vistazo, nada tienen que ver. Y adoptando, además, un estilo noir clásico que pocas veces se ha aplicado a las historias de posguerra que con tanta frecuencia hemos podido ver en otros medios más populares que el tebeo. Quizá eso haga que la valoración de El artefacto perverso sean más entusiastas todavía de lo que ya se hace acreedor por sus propios méritos, pero casi resulta innegable la fascinación que produce una narración tan inteligente e imaginativa. De hecho, tal es el nivel narrativo que cuando se termina la lectura del libro, que es mucho más breve de lo que parece, casi dan ganas de volver a empezar para seguir captando detalles que se puedan haber escapado en esa primera inmersión en el mundo que describen Hernández Cava y Del Barrio, con un realismo impresionante incluso para quienes no hayan vivido esa época en la que enmarcan la historia.
El artefacto perverso, en todo caso no es una obra en la que se pueda disociar el trabajo del guionista y el del dibujante, porque la conjunción es magistral. Lo que propone Fernández Cava lo plasma con genialidad Del Barrio en la página, desde una obsesivamente machacona cuadrícula de seis viñetas por página que apenas se rompe en alguna ocasión y que ayuda a encontrar ese tono de historia antigua que se busca, con diferentes estilos de dibujo que diferencian fácilmente los planos narrativos y haciendo realidad el portentoso homenaje a la historieta de posguerra con una imitación extraordinaria del aspecto que tenían esos viejos cuadernillos de acción y aventuras que tan populares fueron en la época, e incluso de las viñetas cómicas que también forman parte ineludible de la historia del cómic español del tramo intermedio del siglo XX. Dentro de la versatilidad de Del Barrio, donde más llama la atención su dominio artístico es en las tintas que le permite acceder a una narración con las sombras que es sencillamente apabullante en el blanco y negro en el que se compone el tebeo. Más allá de la necesaria inmersión que propone en una época y en un ambiente determinados El artefacto perverso no tiene tacha alguna. Quizá que hoy tiene menos fama de la que merece, incluso aunque en su momento cosechara algunos premios.
La historia se publicó originalmente entre los números 6 y 10 de la revista Top Comics, de Ediciones B, y fue recopilada por Planeta DeAgostini en mayo de 1996. El libro no tiene contenido extra.