Título original: Conan The Barbarian.
Director: Marcus Nispel.
Reparto: Jason Momoa, Rachel Nichols, Stephen Lang, Rose McGowan, Said Taghmaoui, Bob Sapp, Ron Perlman.
Guión: Thomas Dean Donnelly, Joshua Oppenheimer y Sean Hood.
Música: Tyler Bates.
Duración: 113 minutos.
Distribuidora: eOne.
Estreno: 11 de agosto de 2011 (Estados Unidos), 19 de agosto de 2011 (España).
Durante años, Conan tenía el rostro y el cuerpo de Arnold Schwarzenegger en las mentes de los aficionados. No era exactamente el Conan que había escrito Robert E. Howard, pero la espléndida película que John Milius rodó en 1982, sin duda un reflejo del esplendor que el personaje estaba viviendo en los cómics de la mano de Marvel, hizo que el protagonista de Terminator fuera la viva encarnación del cimmerio más famoso de la mitología popular. Conan el bárbaro, la película con la que Marcus Nispel debía enganchar a nuevas generaciones, no cambió esa percepción. Y aunque la elección de Jason Momoa, ya conocido entonces por ser el Kahl Drogo de Juego de tronos, fue lo que más críticas suscitó, al final fue uno de los elementos menos negativos de una película mal construida desde la base. Asombra que un guión tan simple, con unos personajes tan planos, con una fantasía tan escasamente original o atractiva tenga que pasar por hasta tres escritores para llegar a la gran pantalla, pero así es Hollywood cuando se mete en estos líos. Donde lo que conviene es encontrar a alguien que sepa quién es Conan y tenga la habilidad de construir una historia que beba directamente de las que funcionan, las de Howard o las de docenas de interpretaciones que ha hecho el cómic, los responsables del filme no prestaron gran atención. Les bastó con poner el nombre de Conan a un póster.
En realidad, no hay tanto de Conan en la película como le habría gustado a los aficionados. Ese viene a ser el primer problema del filme, la decepción que provoca lo que sí tiene que ver con el bárbaro cimmerio, que incluso ve como se lugar de nacimiento se rebautiza con una sola eme, Cimeria, sin que nadie sepa muy bien a que se debe semejante frivolidad. El fracaso continúa por la pobre introducción de la película, de nuevo recurriendo a lo mismo que ya había usado Milius, la infancia de Conan, pero esta vez convirtiéndole casi en una máquina de matar infantil que más bien parecía sacada de un filme de terror que de lo que uno espera que sea una adaptación de estas aventuras. Nispel hizo así una extraña mezcla entre los títulos del género que ya había rodado, entre ellos los remakes de La matanza de Texas y Viernes 13, con Pathfinder. Sus batallas, además, estaban tan lejos de conseguir el efecto que sí lograron las del Conan el bárbaro original que la comparación ya dejaba en mal lugar a este reboot desde su largo prólogo, casi media hora en la que no se había visto a Conan, sólo a su padre, interpretado por Ron Perlman. La entrada en escena de Jason Momoa sirve para despertar algo el ánimo de la película. Momoa tampoco es exactamente el Conan que cabía esperar, pero no se puede negar que se alejaba lo suficiente de su personaje en Juego de tronos como para al menos merecer una oportunidad.
Son muchos los minutos que han transcurrido para entonces sin que la película haya arrancado. Y cuando arranca, lo cierto es que no tiene demasiado que contar y se conforma con poner en la pantalla a un Conan que mezcla sus diversas encarnaciones en las novelas de Howard y los cómics tanto de Marvel como de Dark Horse, las de bárbaro, general y marinero, pero concretando únicamente lo que menos habla de Conan, una misión de venganza que ni siqueira está bien construida. Así que la única gracia en esos minutos es tratar de disfrutar de los personajes. Momoa hace que Conan tenga una forma de moverse bastante correcta y eso salva algunas de las escenas de acción, que por lo demás se planifican sin tener demasiado en cuenta la historia, sólo una pretendida espectacularidad que no llega. Con Rachel Nichols hay una química mínimamente suficiente para que la relación entre ambos al menos se mantenga, pero, como con casi todo, no hay mucho que ofrecer por ese lado. Los villanos de la historia son Stephen Lang, tópico e histriónico como el megalómano Khalar Zym, y Rose McGowan, dando vida a su hija, Marique, una bruja que impacta mucho en las primeras escenas en las que aparece y se acaba diluyendo poco a poco hasta su triste participación en el clímax. Lo gracioso es que esta actriz acabó de villana en un filme de Conan cuando fue escogida para protagonizar la nunca producida nueva versión de Red Sonja.
Toda vez que ningún personaje secundario tiene una gran importancia en la película, y de hecho hay dos aliados de Conan que tienen cierta importancia pero que tampoco se sabe muy bien qué aportan a la historia, si hay algo que sí tiene interés en el filme, y es su puesta en escena. La recreación de las localizaciones de este mundo es formidable, y además tiene un sabor clásico que recuerda a un cine que no conociera los efectos digitales. Esa sensación se borra cuando la acción se apodera de la película, con criaturas que no tienen mucho sentido y retos muy poco exigentes para el bárbaro, un personaje del que ni siquiera se menciona su clásica aversión a la magia. Conan el bárbaro sólo aporta buenas fotos fijas de Momoa como el mítico personaje, la belleza de Nichols, la aparición de McGowan y unos a ratos espléndidos escenarios para rodar una película de Conan. Bien pensando, mimbres había para haber hecho una película al menos decente. Pero cuando se apuesta por algo tan carente de identidad el resultado suele ser este. No es que la película llegue a precipitarse hasta los abismos del desastre, es simplemente inane. No molesta, más allá de asumir que se trata de una oportunidad perdida para que un personaje espléndido hubiera enganchado a las nuevas generaciones. Eso sí ha sabido hacerlo el cómic, y además con historias muy variadas. El cine todavía no. Y después de Schwarzenegger, Conan sigue esperando.