Guión: Bastien Vivès.
Dibujo: Bastien Vivès.
Páginas: 144.
Precio: 19,95 euros.
Presentación: Cartoné.
Publicación: Septiembre 2009 (tercera edición, marzo 2015).
Viendo obras como El gusto del cloro resulta difícil de comprender que el cómic como herramienta de comunicación de enorme poder siga todavía alimentando recelos entre algunos sectores. Es probablemente la obra más popular de Bastien Vivès, y lo es precisamente por la capacidad que tiene para transmitir emociones, movimiento, sonidos y silencios. El papel no es un límite, sino un medio. Vivès, incluso con una historia que roza por momentos la intrascendencia, consigue que algo se mueva en el lector con su exquisito uso de la narración. El agua actúa como medio, como escenario, pero también como conductor de las emociones. Los personajes, sin nombre, quedan deliberadamente desdibujados, como lo están las figuras cuando las miramos a través del líquido elemento, y sin embargo Vivès ha conseguido que les conozcamos y comprendamos. Y el cloro del título tiene sabor, textura y color cuando pasamos las páginas de este fantástico tebeo, en el que la piscina es un microcosmos metafórico de indudable fuerza narrativa, cuya única limitación, paradójicamente, es el idioma, pues es eso lo que hará que se le pueda escapar a algún lector esa frase articulada bajo el agua y nunca plasmada en caracteres, que incluso sin ser entendida puede actuar con la misma fuerza que esa frase no escuchada del final de la película de Sofia Coppola Lost in Translation.
La sencillez de la historia hace que no esté ahí la clave para disfrutar de El gusto del cloro. No hay nada especialmente rompedor en la historia de un hombre que se anima a nadar en una piscina por consejo de su fisioterapeuta y que allí conoce a una mujer, una espléndida nadadora, por la que se siente atraído. Pero sí es rompedora la forma en la que Vivès articula esa historia. No es fácil decir qué fue antes, si la historia, los personajes, la frase bajo el agua o la necesidad de dibujar todo lo que se ve a través de ese agua, pero el conjunto, la mezcla y la articulación de todos esos elementos rezuma brillantez en todo momento. Es, en ese sentido, un sensacional ejercicio de estilo que consigue poner la historia a su servicio sin necesidad de tener más de dos personajes protagonistas y cuatro secundarios utilizando puntualmente y sin artificio alguno, dano al agua un papel extraordinario no sólo en el dibujo, que también, sino como el elemento perfecto para que la historia se desarrolle en silencios y pequeños diálogos que Vivès administra con un acierto total. Se puede empatizar con los personajes, de hecho es algo casi necesario dado que se trata de una clásica (o no tanto) historia de chico conoce a chica, y el lector se ve empujado a sentir como sienten sus protagonistas, en especial el masculino, pero lo importante es, efectivamente, el ejercicio de estilo.
Y ahí es donde entra con fuerza un dibujo deslumbrante. El efecto del agua es algo muy difícil de conseguir, pero Vivès da con una fórmula que funciona a la perfección, haciendo que la visión a través del líquido se sienta por la ausencia de contornos en sus figuras. Bajo el agua los personajes son manchas de color, fuera de ella formas definidas. De alguna manera, hasta se pueden sentir mensajes metafóricos con esa manera de dar vida y movimiento a las figuras humanas de las que se sirve. Vivès también profundiza en el ejercicio de estilo con la certera elección de puntos de vista, bajo el agua y sobre ella, en su superficie y a más altura. Siempre se vale de esa sencilla acción para explicar algo concreto, algo que afecta emocionalmente a los personajes, y eso le sirve para modelar el carácter del hombre y para explicar de una forma brillante su evolución. Porque El gusto del cloro es justo eso, una evolución. Sencilla, incluso simple si se quiere, pero no se puede negar que el personaje que aparece en la última página no tiene nada que ver con el que se ve en la primera. Y lo que Vivès hace es decirnos, a través del agua, que lo que le ha sucedido es una mujer, es la vida misma. Por eso esta sigue siendo, probablemente, la mejor obra de su autor, porque no sólo no ha perdido fuerza sino que reafirma todo su poder en cada vistazo y en cada lectura.
Casterman publicó originalment Le goût du chlore en mayo de 2008. El volumen no tiene contenido extra.