Decir que Las meninas (aquí, su reseña) es uno de los tebeos más importantes que se han hecho en España en los últimos años no es nada original, porque la obra de Santiago García y Javier Olivares ha cosechado elogios en todos los ámbitos posibles. Pero esa consideración se ve todavía más reforzada después de escuchar la conferencia que dio Olivares en la ESDIP el pasado jueves día 28 de mayo, una auténtica masterclass con todas las letras que ayuda a comprender los muchos niveles que tiene esta extraordinaria obra. Como todas las charlas que forman parte del ciclo Comic Laude que ofrece la escuela madrileña en colaboración con el podcast Campamento Krypton, J. Lynnot la presentó y Kenny Ruiz condujo el diálogo con Olivares en la parte final. La charla, en realidad, fue una impresionante manera de adaptar lo que el autor ya había hecho en la exposición sobre Las meninas que acogió el Museo ABC, es decir, un recorrido por todos los aspectos de la novela gráfica, desde el guión hasta la fotomecánica. Y empezando por un primer detalle. «Si os fijáis en el libro, no estamos acreditados como dibujante y guionista, cosa que hicimos a propósito Santiago y yo para dejar claro que era una obra de dos autores.Tanto él como yo hemos incursionado en el lado del otro, en el terreno del contrario», dijo.
Olivares aseguró que al leer el guión completo su primera impresión «fue doble, de pánico y de gusto». «El pánico por cómo iba a hacer para no cargarme ese guión, era tan bueno, tan perfecto, tan divertido, estaba tan lleno de posibilidades que para mí era como una exploración, era una manera de decir que aquí voy a tener que echar mano a todo lo que sé», explicó. Pero también le produjo una sensación de seguridad. «Es como los trapecistas, que cuando están haciendo un mortal no es lo mismo hacerlo con red que sin red. Sin red no te atreves a nada, te acobardas mucho, y con una red como la que Santiago me había proporcionado para mí era como voy a jugar con este libro», dijo. El proyecto nació en 2009. «Yo estaba en mi casa, a las dos de la mañana, me iba a Perú al día siguiente y de pronto suena el teléfono, a las dos de la mañana, ¿eh?, y era Santiago», recordó. Lo que García le dijo es que tenía una idea sobre Velázquez y Las meninas para presentar al concurso de la FNAC y la editorial Sins Entido. «Hice la primera versión en mi cuaderno en el avión de vuelta de Perú», dijo, y las 16 páginas que había que presentar en una sola semana. Pero cuando miraron los plazos vieron que, en caso de ganar, habría que presentar el cómic completo en seis meses, «demasiado poco tiempo». «Y además Santiago yo creo que se dio cuenta viendo las páginas del potencial del libro», sentenció.
Llevaron el proyecto a Astiberri, García leyó «infinidad de libros sobre Velázquez» y sobre Las meninas, «un cuadro inacabable», para hacer el guión, y cuando estuvo terminado comenzó el auténtico trabajo para Olivares, que mantuvo el estilo que le había dado a esas 16 páginas que preparó en 2009. «Al intentar hacer esas páginas de forma muy rápida tenía que encontrar un estilo de dibujo rápido, un estilo de documentación muy austero, muy simbólico», explicó, y eso le vino como anillo al dedo al retomar el proyecto. Las páginas originales, que se mantuvieron en el guión final, las redibujó. «No dibujas igual que hace cuatro años. Aunque yo tenga un estilo que parezca que no cambia, cambia muchísimo», aseveró. En este caso, «necesitaba un estilo de dibujo que fuera legible, cuando vi la cantidad de niveles que había metido Santiago pensé que esto no podía dibujarlo de una forma muy exagerada». En ese sentido, comparó su labor como la de los grupos de jazz que improvisan sus sesiones, fijando primero unas pautas para después permitir el lucimiento de cada solista. «Quería hacer con mi dibujo lo mismo, quería hacer un dibujo relativamente realista y contenido, y luego, según los momentos en los que necesitaba podía estirarlo hacia arriba o hacia abajo, más o menos exagerado, pero siempre quería tonalmente moverme dentro de una estructura de dibujo más contenida», explicó.
Por supuesto, el cuadro original de Las meninas fue una referencia directa. De ahí sacó una norma, «la frontalidad de los planos». «En toda la parte de Velázquez, en ninguna viñeta hay ningún plano que no sea frontal. Eso para mí tenía un sentido», explicó, además de que le permitió «ir repartiendo el cuadro a lo largo del libro, hay muchas viñetas que recuerdan al cuadro de forma inconsciente», con una única excepción, un picado y un contrapicado consecutivos. Los bocetos los empezó a hacer ya en la primera lectura del guión. «Tú como dibujante no lo lees, lo estás viendo. Esos primeros flashes a veces son los mejores, y si tienes que dejar el guión, buscar un papel y ponerlo al lado, ya has perdido el tiempo, has perdido diez segundos que no vuelven. Desde hace muchos años yo, cuando me llega un guión, las primeras decisiones de composición y todo eso las tomo pegado al texto. Lo estoy leyendo y al lado hago un boceto», explicó. En ese sentido, recordó la experiencia con Beowulf (aquí, su reseña), tebeo que no hizo con García sino que su autor final fue David Rubín. «Hice justo lo contrario, que es desgastarme en la preproducción. Me pasé como tres años trabajando en el Beowulf, tengo cantidad de material, tengo 30 páginas acabadas, todo el libro está en bocetos. Ahora lo veo y pienso por qué gasté tanto tiempo en hacer eso, no puedo estar diez años haciendo el libro, nadie es capaz de eso», dijo.
A partir de ahí empezó el auténtico proceso de documentación, todo a través de Internet. «Este libro hace veinte años no lo hubiera podido hacer jamás, porque sólo la cantidad de libros que tienes que consultar es interminable», explicó. Pero el objetivo estaba claro: «una de las cosas que tanto Santiago como yo desde el principio teníamos en mente es que no queríamos hacer un libro de historia. Esto no es un libro para aprobar un examen. Si haces caso a este libro, cateas seguro. Las cosas que ocurren son reales, ocurrieron, pero luego lleno muchas lagunas», dijo, algo que en realidad ya hacen los historiadores con hipótesis. Y llenar esas lagunas implica imaginar buena parte de las circunstancias de las escenas. «Un guionista dice ‘Velázquez está en su estudio’, y se queda tan pancho. Pero tu llegas y dices ‘sí, está en su estudio, ¿pero cómo? ¿Se sienta dónde? ¿Dónde tiene los pinceles? ¿Tiene muchos o tiene pocos? ¿Tiene una jarra?'», aseveró, convencido de que «los autores tenemos que inventarnos las cosas, tenemos que hacer que el lector entienda al personaje, no que le conozca». Y así, dijo, le gusta «coger al personaje y jugar con él». «Pero para eso tengo que reducirlo a un logotipo. Si Velázquez fuera una empresa, ¿cuál es su logotipo?», se preguntó. También fue un reto la introducción de los cuadros reales, siempre reinterpretados. «Necesitas que el lector entienda que no es una ventana, que es un cuadro», afirmó.
Olivares explicó por qué, con toda la documentación hecha, su estilo de dibujo era perfecto para Las Meninas. «Cuando empiezas a poner muchos detalles en un dibujo, te pasas meses buscando como era la pata o cómo era el estribo, yo tengo una expresión para definir eso que es porno para dibujantes. Te pone a ti como dibujante y le pone mucho al que lo lee. Eso está muy bien si te quieres pasar el tiempo haciendo eso, pero al final no es importante. Para mí es un poco innecesario, no digo que esté mal. Es que mi dibujo va en la línea contraria, es más quitar que poner», dijo. Y como «el humor es una forma muy inteligente que tiene Santiago de colarte cosas más o menos profundas, sesudas, o menos obvias y evidentes», eso lo permitió hacer que Velázquez cambiara de aspecto según las necesidades de cada escena aunque siempre respetando los rasgos esenciales, los del logotipo que decía poco antes para mantenerlo reconocible. «Mientras que si soy director de cine me jodo con el actor, me aguanto con Al Pacino porque no va a cambiar, en cambio con el dibujo puedes hacer eso, es un arma poderosísima, puedes coger al personaje y convertirlo en otra cosa, y que siga siendo el personaje», dijo, para explicar acto seguido que «el cine y el cómic yo creo que van por caminos completamente opuestos, el cine va a convencerte y esto no», y el auténtico paralelismo de la historieta está en el teatro.
El repaso de Olivares aal proceso de creación de Las meninas le llevó a explicar la parte de fotomecánica en la imprenta, cómo se fue a Zaragoza para asegurarse «con los porcentajes de CYMK» de que las planchas del libro eran fieles al color que le dio, y también habló de la vida de la obra tras ser impresa, empezando por los muchos carteles que ha dibujado a posteriori. «A mí me gusta que los libros no se mueran. Una vez que el libro está hecho por supuesto es vuestro, lo podéis leer y se leerá siempre, espero. Pero es un libro que me gusta seguir en él, montar una expo…», explicó. Parte de ese trabajo está en las ediciones extranjeras, por ejemplo la que Las Meninas ha tenido en Francia, siendo lo más trabajoso la elección de una portada, porque la editorial gala no quería la que se usó en España, sino una que explicara la historia. «Es que no se puede», dijo. Tras cerrar la explicación, Olivares acabó hablando algo más de sí mismo como ilustrador, como «fan de los ilustradores clásicos americanos». Dijo que lo que más le gusta de su trabajo «es que está en ese límite entre lo realista y lo abstracto». «Cuando eres muy joven, todo lo que deseas es buscar el estilo. Y cuando ya lo tienes, todo lo que deseas es quitártelo», explicó, convencido de que hay dos maneras fundamentales de ganarse la vida como dibujante, «una es ser un buen dibujante, estándar digamos», y la otra es ser «una flor rara». Y esas, dijo, también tienen sitio en las estructuras comerciales. «Les gustan los individuos singulares. No quieren muchos, ¿eh?, David Lynch uno o dos. Pero les gustan, tienen sitio. Yo he tenido sitio, no es que haya sido un superéxito ni nada pero yo me he ganado la vida dibujando», concluyó.
Aunque sin el respaldo de las imágenes que fue mostrando Olivares, os dejamos el audio íntegro de la charla, que podéis escuchar en dos partes aquí y aquí.