Guión: Santiago García.
Dibujo: Javier Olivares.
Páginas: 192.
Precio: 18 euros.
Presentación: Cartoné.
Publicación: Septiembre 2014.
Lo más fácil para empezar a valorar Las meninas es proclamar que estamos ante una genialidad. Como si se tratara del famoso cuadro de Diego Velázquez que da título a la novela gráfica, lo que hacen Santiago García y Javier Olivares es crear una obra que predispone a su duradera contemplación fascinada sin llegar a agotarla y al análisis de sus diferentes niveles narrativos y argumentales, porque trascienden los límites que podrían haber lastrado su trabajo. Lo hacen al firmar una biografía de Velázquez que está lejos de acomodarse en los campos más sencillos del género, pero también haciendo que Las meninas, el cuadro, no sea el eje en torno al que gira su historia sino su culminación, como lo fue de la obra pictórica del propio Velázquez. García consagra el éxito artístico que hay en la mezcla entre la erudición más propia de los ensayos con las técnicas narrativas que enganchan sin remedio al consumidor de relatos de ficción, y Olivares firma un trabajo que va mucho más allá de la sencillez de su trazo para expresar una profundidad psicológica inmensa y un gusto artístico intachable. Las meninas, el cómic, se convierte de esta manera en una de esas raras obras que no dejan de crecer durante su lectura, que están abiertas a muchas relecturas y que responden a la expectación previa a su publicación y a las formidables críticas posteriores.
Historia, contexto, protagonista y narrativa. En cualquiera de esos cuatro aspectos, Las meninas es impresionante. Lo que hace García en el tebeo merece esa calificativo de principio a fin, sobre todo porque su ejecución es elegante. Sus herramientas narrativas, incontables y muy bien medidas por el momento y la forma en que aparecen en el relato, están supeditadas a la historia, haciendo que Velázquez sea a la vez objeto y sujeto del relato, desde sus dudas como artista y su persecución de la obra maestra de su vida, pero también visto a través de ojos de otros personajes coetáneos a su persona. García, de hecho, asigna al lector un papel de gran importancia para juzgar lo que está sucediendo en las páginas, y eso es un recurso tan difícil de hacer funcionar en el cómic que no queda más remedio que aplaudirlo. En ese sentido, Las meninas puede no ser un tebeo fácil, por sus continuos y muy bien medidos saltos en el tiempo y en el espacio, por su continuo trasiego de personajes que enriquecen el retrato de su protagonista, por los cambios de registro y por la inmensa profundidad psicológica que tiene el Velázquez de García. Pero precisamente por todo esto cuando se alcanza el final de la obra la satisfacción es inmensa.
Cuando hay un trabajo tan completo y documentado como el de García en un tebeo, se corre el peligro de pensar que toda su fuerza está contenida en el guión. Pero cuando hay un dibujante como Javier Olivares ese peligro se disipa casi desde el principio. Una vez asimilado el estilo que escoge para la obra, que no engaña a nadie porque está presente desde su cubierta, la inmersión es total. Y Olivares no sólo entiende el guión de García sino que lo enriquece. Son impresionantes la forma en la que aprovecha sus silencios para añadir sus propios matices a la personalidad de Velázquez, lo bien que le presenta entre las sombras para engrandecer su figura como artista y la naturalidad con la que aborda los cambios de registro que le plantea la obra. Si García maneja incontables herramientas narrativas para fortalecer su historia, lo mismo se puede decir de Olivares con su dibujo, que no encuentra límites y fascina cada vez más con cada nuevo hallazgo que muestra. Y así, Las meninas no se agota nunca. Se saborea lentamente, se aprecian todos sus elementos por separado y como parte de un todo excepcional, y nada más cerrar sus páginas se siente la necesidad de volver a recorrerlas para introducirse aún más en la fascinante descripción de García y la hermosísima representación de Olivares. Un tebeo maravilloso.
El volumen no tiene contenido extra.