Guión: Teresa Valero.
Dibujo: Montse Martín.
Páginas: 48.
Precio: 14 euros.
Presentación: Cartoné.
Publicación: Junio 2014.
Los dos primeros volúmenes de Curiosity Shop, 1914: El despertar y 1915: Por encima de la pelea ya demostraron que Teresa Valero y Montse Martín tenían un talento innato para contar historias diferentes a las que se suelen hacer en el cómic español, de aventuras pero realistas, de entretenimiento pero con un importante trabajo documental y de ambientación, alegres sobre todo por la impulsiva protagonista, Max Prado, pero al mismo tiempo oscuras. El tercer volumen de la serie, 1915: La moratoria, viene a confirmar el talento de sus autores. No es que hiciera falta después de los dos primeros, pero siempre es un alivio ver que carreras tan prometedoras e ilusionantes siguen con paso firme. Y más si tenemos en cuenta que la crisis de EDT ha obligado a que Curiosity Shop cambie de editorial. Pero toda la magia sigue ahí. Lo que tenían de bueno los dos primeros sigue más que presente en el tercero. Y como el segundo terminaba en un evidente cliffhanger, leerlo antes de adentrarse en lo que cuenta este tercero resulta bastante imprescindible. En realidad, lo que merece la pena es leer la serie completa, porque si bien el relato conecta directamente con Por encima de la pelea, hay en La moratoria muchos elementos emocionales que conectan necesariamente con El despertar.
Obviamente, esa necesaria recuperación de lo anterior se nota a la hora de evaluar el guión de Teresa Valero. Lo que ha hecho con sus personajes a lo largo de esta trilogía es excepcional, ha tejido juegos de relaciones personales magnífico. Max Prado es el centro de todo, pero es una delicia ver cómo juega con la ambigüedad de Luna Sadicario, coqueteando con acierto con lo más fantásticos y dejando pistas sobre si es realmente quien dice ser o si no es más que una vieja excéntrica, o con las razones que hay detrás del comportamiento de Valsapena, que de alguna manera acaba robándole algo de protagonismo a la propia Max en escenas espléndidas, por ejemplo la que sirve para cerrar la historia. Hay muchas respuestas en este álbum, que culmina muchas de las tramas abiertas desde el inicio. Y ello sin perder un ápice de esa magia aventurera que impregna Curiosity Shop desde su inicio. La recreación de la época es magnífica, la elección de lugares, historias y referencias culturales es sencillamente deliciosa. No es nada fácil mantener un equilibrio entre todo lo que propone y Valero hace que funcionen todos los elementos que mezcla. ¿Personajes? Brillantes. ¿Historia? Atractiva. ¿Ritmo? Sobresaliente. ¿Trabajo detrás de las viñetas? Inmenso y se nota.
Ese trabajo de Valero, de hecho, nutre a Montse Martín para que deslumbre como lo hace, y no sólo en la recreación de lugares reales de hace un siglo, aunque eso luzca por sí solo. Su dibujo es magnífico, su narrativa es precisa, dentro de cada viñeta y en el trabajo secuencial, siempre parece elegir la mejor opción para el punto de vista, su ambientación es hermosa. Desde la enigmática primera página, Martín nos devuelve sin problemas a esa magia a medio camino del misterio y la aventura que había en las dos primeras entregas. Acepta con osadía todos y cada uno de los desafíos del guión, especialmente la sumamente atractiva tensión a muchos niveles que hay entre Max y Valsapena, que pasa de la confrontación directa al más soterrado flirteo sexual con un realismo asombroso. Y aunque hay una memorable splah page doble que casi merece un análisis exhaustivo por sí misma y que habla del futuro de los personajes (¿y de la serie más allá de los tres libros ya publicados?), la clave está ahí, en el realismo. Curiosity Shop llegar a su tercer álbum con un vigor espléndido, reforzando todo lo que sorprendió en el primer volumen, ampliando todo lo que gustó en el segundo y sin dejar de introducir elementos novedosos para que cada álbum sea una pieza necesaria de un puzle maravilloso.