Título original: Captain America.
Director: Albert Pyun.
Reparto: Matt Salinger, Scott Paulin, Ronny Cox, Kim Gillinham, Francesca Neri, Ned Beatty.
Guión: Stephen Tolkin.
Música: Barry Goldberg.
Duración: 97 minutos.
Distribuidora: 21st Century.
Estreno: 14 de diciembre de 1990 (Reino Unido), 22 de julio de 1992 (Estados Unidos).
Viendo el enorme lujo con el que hoy en día se realizan las adaptaciones cinematográficas de los superhéroes de cómic, a veces es duro pensar que hubo un tiempo en que las pocas películas que se hacían sufrían, y no necesariamente en ese orden de importancia, de una enorme falta de talento, de voluntad de satisfacer al espectador y de dinero. Eso mismo es lo que hace que algunas versiones en imagen real de estos personajes hayan pasado a la historia recordadas con cierto cariño por el aficionado. El Capitán América de 1990 no es una de esas películas, porque pierde todas las excusas nostálgicas que se puedan achacar a otros títulos. La cinta que dirigió Albert Pyun es una terrible manera de festejar el 50º aniversario de la creación del personaje y, sobre todo, no encaja en absoluto en el momento cinematográfico en que fue producida. No hay que olvidar que apenas un año antes se había estrenado Batman (aquí su crítica), que es el arranque (aunque tardíamente seguido por la competencia) de la era moderna de los superhéroes en el cine. Aún sin ese referente, es difícil encontrar algo salvable en este Capitán America.
Su principal problema está en la base, en el guión, excesivamente simple e inverosímil incluso desde una perspectiva benévola. Incluso agradeciendo (como había que agradecérselo al Capitán América. El primer Vengador de Joe Johnston –aquí, su crítica) que arranque la historia en plena Segunda Guerra Mundial, todo lo demás acaba siendo absurdo. Y los detalles terminan por arruinar el relato. ¿Cómo puede tener Steve Rogers su escudo al ser descongelado si es atado como prisionero al cohete que le lleva a su tumba helada? ¿Por qué Craneo Rojo se opera si mantiene tantas cicatrices? ¿Cómo es posible que nadie conozca la identidad del supersoldado norteamericano, ni siquiera el presidente de los Estados Unidos, y de repente aparezca una pista evidente que tiene en sus manos un periodista que ha ganado dos veces el Premio Pullitzer y que hasta ese momento ni se había dado cuenta? ¿Por qué todas las mujeres de la película quieren tomar parte en momentos de acción llevando incómodas pero muy atractivas faldas? Y lo que es mejor, ¿nadie se detuvo a pensar que un viaje entre Norteamérica y Europa lleva unas horas que la película directamente se salta? Capitán América deja docenas de preguntas así, que terminan por invalidar por completo el resultado final.
Como la producción prácticamente excede los límites de la serie B, es fácil intuir que hay muchas decisiones que obedecen a la escasez de dinero. Que el traje del Capitán América apenas aparezca en buena parte de la película y que cuando lo haga sea sucio y desgastado indica que el vestuario no era el punto fuerte de la película. Que Craneo Rojo (esforzadamente interpretado por Scott Paulin, y pase de ser un supervillano a un simple supermafioso italiano) sólo luzca su aspecto de los cómics en la escena inicial y que en muchos de sus diálogos no se ve el rostro es la pista definitiva. Pero es que ni siquiera en las escenas de acción se nota el entusiasmo que define a la serie B, más bien al contrario hay una pereza considerable. Ni siquiera en lo más básico se puede salvar la película. El casting no se puede considerar equivocado, pero Matt Salinger no es exactamente el Capitán América que cualquier aficionado podría tener en mente. Y si se sabe que los candidatos fueron Arnold Schwarzengger, Val Kilmer y Dolph Lundgren (que, curiosamente, tuvo que declinar la oferta para hacer Vengador, la primera versión cinematográfica de Punisher, otro personaje de Marvel) parece evidente que no tuvieron nada claro el camino a seguir.
A Capitán América se le puede tener cierto cariño por la nostalgia, por ser la primera versión pensada para la pantalla grande de este personaje, pero poco más. Que estuviera dos años enlatada antes de que se distribuyera finalmente en Estados Unidos ya para el mercado de vídeo es el indicio más claro de que estamos ante un producto fallido incluso para los estándares de la época. Compararla con las dos entregas que ha protagonizado Chris Evans es demoledor, pero es que incluso sin ese referente es difícil pensar en alguna virtud que sostenga el trabajo de Albert Pyun. Quizá lo único esté en un respeto al cómic original que, obviamente, no se tuvo el dinero ni el talento para llevar adecuadamente a la gran pantalla y que sólo encuentra el encanto de la serie B en la escena de la creación del Capitán América, deudora de Frankenstein y de cualquier título de esa índole en la que haya un laboratorio. Pero es que no hay ni siquiera carisma en la forma en que se construye el filme. Capitán América es, por deméritos propios, una de las peores adaptaciones cinematográficas que se ha hecho nunca de un cómic y una que muy poca gente recuerda, incluso a pesar de su reciente edición en Blu-Ray, un formato que seguramente destapa aún más sus carencias. Que, por desgracia, son demasiadas.