Guión: Felipe Hernández Cava.
Dibujo: Bartolomé Seguí.
Páginas: 72.
Precio: 18 euros.
Presentación: Cartoné.
Publicación: Abril 2014.
Es complicado evaluar obras como Las oscuras manos del olvido sin caer en frentismos, polémicas, malestares o defensas enconadas. Es todavía más difícil si asumimos que la herida de la que habla este álbum, la del terrorismo de ETA y cómo afecta a sus víctimas, está aún abierta en más de un sentido. Y es incluso aún más complejo cuando los autores han reafirmado que es un homenaje a ese colectivo, el de los afectados por la violencia terrorista. Sin embargo, conviene dar un paso atrás y observar el resultado con perspectiva. Cualquier análisis podría centrarse en esa polémica, ¿pero de qué serviría entonces el cómic que hay en medio? El objetivo de Felipe Hernández Cava y Bartolomé Seguí es loable, aplaudible y sincero. Tiene mucho valor. Pero si no estuviera respaldado por un cómic brillante, sólo habría servido para remover el ambiente y lograr algunos titulares. Las oscuras manos del olvido no es eso. No es un simple libro que se puedan arrojar unos y otros a la cabeza, sino que es una obra trascendente, poética en ocasiones, dramática siempre y algo desesperanzadora. Brillante en casi todas sus páginas. Y, por eso mismo, trascendente. Por su casi inédito tema en el cómic español (aunque publicado en Francia), por supuesto, pero sobre todo por su calidad artística.
Lo mejor de Las oscuras manos del olvido es que adopta un punto de vista innovador y nada conformista. El papel principal de esta tragedia se lo asigna Hernández Cava a un pistolero de la mafia marsellesa que acaba de salir de prisión y que ha de cumplir con una promesa: vengar a un empresario vasco asesinado por ETA. La reconocida influencia de El silencio de un hombre, la hermosa película dirigida por Jean-Pierre Melville en 1967 con Alain Delon es incuestionable. De ella absorbe la melancolía, pero también la fuerza y determinación de su protagonista. La densa narración en cartuchos de Hernández Cava en boca de su Antoine Duhamel, no obstante, marca distancias con respecto al silencio Jef Costello de aquel filme. El tono de viaje final y sin retorno, opresivo y deprimente, se va contagiando desde la primera a la última página. Y el homenaje a las víctimas de ETA, muy presente en todo momento, se va conjugando con una historia formidable que finaliza de la única forma posible, con violencia. Y aunque sea una historia de ficción, todo lo descrito transmite una sensación de triste realidad de la que el lector no puede escapar y sobre la que prácticamente se ve abocado a reflexionar. Con malestar o sin él, con problemas de conciencia o sin ello.
Seguí recoge todos los retos del guión y los culmina de una forma sensacional. El gancho fácil son los escenarios reales. Madrid, San Sebastián, Palma de Mallorca, Marsella… Pero su trabajo, incluyendo su turbadora y compleja ilustración de cubierta, va muchísimo más allá del escenario. El suyo es un talento narrativo excepcional en el que nada parece dejado al azar. Ni lo que muestra ni cómo lo muestra. A pesar de tener un estilo nada recargado y de mucha sencillez aparente, sus rostros hablan con la misma firmeza que el denso guión de Hernández Cava. Su triunfo es sobre todo entender el tono de la historia y contribuir a la intensa melancolía, al profundo desánimo y la enorme fuerza personal que transmite. Todo eso está en Las oscuras manos del olvido porque ambos creadores, guionista y dibujante, lo muestran al unísono, con una compenetración espléndida que resulta en un álbum excepcional. Lo es por su valentía a la hora de tocar un tema siempre complicado, pero también por su ejecución, plagada de referencias culturales (las constantes citas que hay en sus diálogos, pero también las referencias que usan Hernández Cava y Seguí) que le dan una mayor poso. Enormemente recomendable lectura, desde el punto de vista social, desde el político y desde el artístico.
Dargaud publicó originalmente Les mains obscures de l’oubli en marzo de 2014. El volumen no tiene contenido extra.