Guión: Alfredo Pons.
Dibujo: Alfredo Pons.
Páginas: 148.
Precio: 24 euros.
Presentación: Cartoné.
Publicación: Diciembre 2013.
Alfredo Pons es uno de los fundadores de El Víbora, una de las míticas revistas del cómic independiente español. Teniendo eso en mente, y viendo el logo de la revista sobreviviendo a todas las adversidades como sello editorial presente en la portada de Alta tensión, este volumen que edita La Cúpula no puede recibirse más que con una profunda alegría. Porque Pons es uno de los pioneros, uno de los grandes nombres de una época convulsa, muy diferente para el tebeo español de lo que había sido hasta el final de la dictadura y de lo que es hoy en día. Para los lectores más clásicos, los consumidores de revistas de los años 80, Alta tensión es un libro imprescindible, una antología que les recordará aquellos tiempos pioneros de rebeldía, en los que el sexo y las truculencias se apoderaron de las viñetas españolas que hasta entonces sólo habían conocidos héroes como el Capitán Trueno o el Guerrero del Antifaz y personajes infantiles como Mortadelo y Filemón, Zipi y Zape o Superlópez. Y para los que no conozcan El Víbora o a Pons, Alta tensión les abrirá la puerta a un mundo nuevo. Al principio chocante. Poco a poco envolvente. Y finalmente absorbente. Por lo explícito de su lenguaje, sin duda, pero también por su carácter como autor.
Las miradas más simplistas al cómic español de los primeros años 80 se quedarán con el sexo, con las perversiones, con los ambientes sórdidos. Y de eso había, por supuesto. Lo hay en Alta tensión, lo hay en el tebeo de Pons. Pero es sólo una fachada y esa fachada, por atractiva o repulsiva que le pueda resultar a un lector dado, no puede esconder el contenido real de este libro o de aquel cómic español. Alfredo Pons es un retratista. De personalidades y de ambientes. Lo que hace es colocar personajes en escenarios realistas y situaciones extraordinarias para dar rienda suelta a esa sordidez característica, pero sin perder de vista en ningún momento que hay una historia en marcha. Hay sexo explícito, hay mujeres desnudas, está por supuesto la mítica María Lanuit, uno de sus títulos y personajes más reconocidos, pero limitar lo reseñable del cómic de Alfredo Pons a estos elementos es quedarse en la superficie. Es no ver su dominio de estilos de dibujo completamente diferentes y que se pueden ir apreciando en esta completa antología, es infravalorar los hábiles juegos de luces y sombras que hay en sus páginas. Y supone, en definitiva, ser injusto con el cómic no sólo del autor sino de la época en la que despuntó, una desconocida para muchos lectores.
El libro, una completa antología de relatos de los años 80, se abre con un autorretrato del propio Pons y un formidable striptease de una voluptuosa mujer que se desarrolla en dieciséis viñetas idénticas, con imaginativas elipsis en blanco y un atractivo indudable. El tono del libro queda sentado con esas dos páginas. Sexo y nostalgia. A partir de ahí se dispara el género negro. Con relaciones sexuales, mujeres fatales, prostitutas y strippers, ladrones y asesinos, personalidades que satisfacen las más bajas pasiones, y el thriller más turbio. Hay un origen urbano y oscuro en muchas de las historias, pero otras bucean en mundos completamente diferentes y a la vez complementarios. Así, hay en este libro adaptaciones que Pons hace de relatos de Charles Bukowski, Robert Bloch y Hal Dresner. Hay noir puro y erotismo desbocado. Hay venganzas, hay amores y hay pasiones. Y hay estilos de ilustración muy diferentes, desde el lápiz al carboncillo, pasando por las tintas más marcadas en un contundente blanco y negro o incluso el color vio y alegre como contraposición a la negrura del alma de algunos de sus personajes. Alfredo Pons era un maestro a la hora de mostrar el alma humana desde sus rincones más despreciables, un autor que supo marcar una época desde el terreno que aquellos tiempos pedían cultivar.
El volumen no tiene contenido extra, más allá de que se puedan considerar así los pin-ups que se incluyen entre las diferentes historias. Su portada es la última ilustración de una de las historias de Maria Lanuit que hay en su interior, Rito sangriento.