Director: Spike Lee.
Reparto: Josh Brolin, Elizabeth Olsen, Sharlto Copley, Samuel L. Jackson, Michael Imperioli.
Guión: Mark Protosevich.
Música: Roque Baños.
Duración: 104 minutos.
Distribuidora: Universal.
Estreno: 27 de noviembre de 2013 (Estados Unidos), 24 de enero de 2014 (España).
La primera versión cinematográfica del Old Boy de Garon Tsuchiya y Nbuaki Minegishi, dirigida por Park Chan-wook, se convirtió hace ya una década en una película de culto y Hollywood, por supuesto, tenía que hacer su remake. Esa es la primera clave de este filme. No es una adaptación del manga, como en su momento se dice que quería hacer Steven Spielberg, sino una revisión de aquella película surcoreana que retoca lo que aquella ya cambió con respecto a las viñetas. Es verdad que Josh Brolin, enfundado en el traje negro que viste en la segunda mitad de la película se acerca más al aspecto original del protagonista que dibujó Minegishi, pero esos son los todos los parecidos que se pueden encontrar entre esta nueva película y el manga. A Spike Lee le interesa mucho más lo que añadió Park Chan-wook en su interpretación de la historia, es decir, los momentos anteriores al secuestro del protagonista, su cautiverio durante años, la relación que se establece con la chica que le acompaña desde que recobra la libertad y el desencadenante argumental del clímax, la respuesta al misterioso encierro en vida que ha sufrido Joe Doucett, el nombre que recibe en la versión norteamericana Oh Dae-su, protagonista de la surcoreana.
Oldboy, esta versión de 2013, aporta poca cosa a la de 2003. No porque no lo intente, sino porque lo que añade no termina de funcionar y está en la raíz de sus problemas. Profundizar mucho en las explicaciones, reventaría por completo la historia a quien no la conozca, pero basta decir que la resolución de la película queda en manos del más absoluto azar, de una casualidad, de una decisión que podría haberse dado con la misma facilidad con la que podría no haber acontecido. No es el resultado de un plan trazado meticulosamente. No es la venganza sobre la que pivotaba la película de 2003. Es algo absolutamente aleatorio, y eso se carga todas las pretensiones del guión. La historia, para quien no la conozca todavía, es sencilla: tras ser secuestrado, un hombre pasa encerrado muchos años en una habitación de una extraña cárcel privada. No sabe quién le ha llevado hasta allí ni por qué, y eso es lo que tiene que averiguar una vez que recobra la libertad y ve que la vida que tenía hace ya mucho tiempo que dejó de tener sentido. Contará con un viejo amigo y una joven que conoce también por casualidad para averiguar primero la identidad de su misterioso adversario y después tratar de batirle en el macabro juego que le propone.
El desarrollo de la historia, como se ha apuntado antes, es muy similar al del filme de 2003. Spike Lee, eso sí, se mueve en una curiosa y difícilmente explicable indefinición, en la que mezcla momentos en los que quiere ser mucho más polémico que Chan-wook (tanto en lo argumental como en lo visual) con momentos que suavizan hasta extremos insospechados las pretensiones de aquella, destrozando todo espíritu transgresor que quisiera mostrar. Incluso sin haber visto el Oldboy original, se nota esa falta de concreción. A ratos Joe parece un hombre consumido por el odio y la venganza, y en otros es el tipo más alegre del mundo que disfruta sin motivo de la tortura más salvaje. Hay escenas que mantienen una tensión ejemplar, pero hay otras que parece complicado asumir dentro del conjunto, a lo que hay que añadir que algunos diálogos sean sencillamente absurdos. Ni siquiera parece achacable todo esto a los problemas que ha habido en la producción de la película, puesto que Spike Lee hizo un montaje de 140 minutos que para su estreno comercial se ha visto reducido nada menos que hasta los 104. En realidad, es complicado saber dónde estarían los añadidos de esa versión, puesto que los problemas de la película no están ahí.
Brolin, un muy buen actor, no tiene suerte en las adaptaciones de cómic que escoge, ya que también protagonizó la horrenda Jonah Hex. Esta es bastante mejor película que aquella, y tiene elementos rescatables. El reparto es, sin duda, lo más atractivo del filme. Olsen convence con bastante facilidad y Sharlto Copley, dentro del exceso que parece guiar su filmografía desde que sorprendiera a propios y extraños con su papel en la magnífica District 9. Y Samuel L. Jackson, convertido en el vínculo de Oldboy con el cine que Spike Lee hace años dejó de hacer, satisfará a sus seguidores. El desenfreno que hay en la violencia, que sorprende por su vis cómica teniendo en cuenta el nombre de su director (aunque es verdad que el humor ya lo ha explorado antes en este sentido, por ejemplo aunque de otra manera en Plan oculto), habría convencido en otro tipo de película distinto al que en realidad plantea. Pero forma parte de esa indefinición mencionada, la que acaba arrastrando a todo el filme y la que consigue que se quede en una propuesta demasiado vacía, que no mejora en nada a la película de 2003 y que no aprovecha el material del manga que aquella primera versión cinematográfica descartó.